Porque en lugar de llenar la cabeza constantemente con sonidos, opiniones, visiones y charlas, dejo fluir mis propias ideas, mis pensamientos más profundos salen desde lo más hondo de mi mente y vuelan, libres, para envolverme con su brillo y hacerme volar, levantarme bien alto y dejarme flotar con gracia.
No estoy desprestigiando la compañía ni mucho menos. Pero como siempre digo, sólo aquí puedo ser yo misma. Soltarme y mostrarme sin ningún tipo de máscara ni con la necesidad de seguir protocolo social alguno. Soy lo que soy, con más cosas malas que buenas, con mil inseguridades, cientos de miedos y millones de dudas. Pero al menos estoy más encaminada que antes en relación a mi futuro y mi identidad. Es algo que indiscutiblemente tengo que rescatar del año pasado.
Necesito tiempo para mí. Pasar muchos días sin mis horas solitarias me desesperan y me convierten en un ser irascible e insoportable. Por lo que por el bien de todos, me aíslo del mundo exterior, tan salvaje, crudo y vil como hermoso, impecable y cálido. Aprendí que puede convertirse en cualquiera de estas cosas, pero que depende exclusivamente de como lo mire uno.
Últimamente tuve la suerte de mirarlo de la mejor manera.
Gente querida, me encanta poder decir que cada día me encuentro mejor, con una sonrisa en mi rostro y unas extrañas ganas de empezar el segundo año de mi dura carrera, un año más de deporte y amistad, una oportunidad para ir perfeccionándome día a día en todos mis ámbitos (como persona, como estudiante, como deportista, como escritora, etc.) dispuesta a caer, a fracasar, a que me bochen, a que me hagan sufrir como tiene que ser, preparada para lo que sea que la vida me depare. Amo los extremos, el drama, las emociones fuertes aunque a veces no lo parezca.
Me considero una kamikaze que disfruta del riesgo y la incertidumbre, pues para mí mientras más cerca de la muerte estamos es cuando más vivos nos sentimos. Mientras más sufrimos, más soportamos.
Es que las personas lastimadas somos muy peligrosas, porque ya sabemos de antemano que podemos sobrevivir.
Sabemos que aunque parezca el fin del mundo, siempre se sale de toda situación a su debido tiempo.
Sabemos aferrarnos a las cosas que nos hacen bien para seguir flotando.
Somos flores de cerezo, a prueba de todo, que florecemos y crecemos hasta en la más grande de las adversidades, para demostrarle a la vida que nada nos tumbará definitivamente. Que a veces podremos tardar en florecer, pero que jamás nos marchitaremos.
Hoy soy una persona feliz, que hace unos días acaba de ver a su banda favorita por segunda vez, donde ya prácticamente nada me importaba, pues luego de esperar durante 5 horas apretujada entre la multitud, luego de tantas horas mordiéndome las uñas y sudar del calor, finalmente aparecieron mis chicos, con su espíritu californiano para darme vuelta el universo una vez más.
Y me hicieron volar, me hicieron gritar hasta quedarme sin voz, me hicieron llorar como condenada. Me hicieron mirarlos hipnotizada, sin poder dar crédito a lo que mis ojos veían a tan pocos metros.
En alguna entrada contaré lo importantes que son los Red Hot Chili Peppers para mí, al punto de (perdonen la sensibilidad, comprendan a esta joven con depresión post-recital) haberse convertido en una de las mejores cosas que me pudieron haber pasado.
Y ahí me di cuenta que había valido toda la pena del mundo, me di cuenta de como una hora y media pueden compensar meses y hasta años de dolor. De como pequeñas cosas, como la sonrisa de mi hermana cuando cumplió los quince años hizo que todo el esfuerzo para su fiesta no haya sido en vano (definitivamente no lo fue ¡porque salío genial!).
Abrí los ojos para también ver todo lo que hace que cada día sea importante e irrepetible.
La risa de mi mamá, las charlas con mis amigas, la presencia de mis familiares, los abrazos de mi novio (me gustaría compartir esto en otra entrada, porque de hacerlo en esta se mezclarían demasiadas cosas, además de que sería muuy larga), los eternos chistes a mi perro, las caminatas. La ilusión. La alegría. Esas son las razones por las que sigo viviendo.
Estar sola me hace bien, sí.
Me encanta, de hecho.
Pero no puedo y no podré imaginarme mi vida sin las personas que quiero y que iluminan mi alma.
Una persona solitaria no necesariamente tiene que estar sola. Y si algo sé, es que nunca me gustaría estar sin compañía.
Porque ahí el mundo se mostraría en su manera más fría, cruel y dura.
Lo que me hace feliz es todo lo que tengo, todo lo que necesito
¿Quién realmente sabe lo que nos depara el futuro? El día de mañana todo lo que creíamos tener asegurado se nos va, nos deja y lo perdemos para siempre.
Hay que aprovecharlo mientras lo tenemos, y si es posible no dejarlo ir. Tener a la felicidad agarrada en nuestras manos, dejarla que esté constantemente a nuestro lado.
Mantener lo que nos hace bien, escuchar nuestras canciones preferidas, dedicarnos unas horas a vagar por nuestra conciencia.
Estoy firmemente convencida que estamos aquí para ser felices.
Y mientras se pueda, hay que intentarlo.
Evangelina Barle
