Pero considero que necesitaba escribir. Hoy pasó algo de lo más interesante y odiaría perderlo de mi cabeza.
Si bien nunca menciono al hockey más que para decir que busco club o alguna cosa así, esto no quiere decir que no me interese o no me guste. En absoluto.
Creo que sencillamente no está entre mis grandes pasiones. No es algo que "no cambiaría por nada", no es algo que me quita el sueño o es parte de mi futuro.
Sólo es un hobby. Aún así merece al menos una entrada dedicada específicamente a este tema.
Arranqué a jugar al hockey a los trece años. Habré estado un par de meses de defensora, pero mi entrenador de ese momento (al que ahora le estoy infinitamente agradecida) me vio demasiado pegada al arco, con una actitud hasta posesiva podría decirse.
"Tenés que ser arquera" fue todo lo que me dijo
Y bueno. Probemos. Peor es arrepentirse de lo que uno hizo que de lo que uno no hizo, ¿verdad?
Creo que ese hombre tiene un ojo impresionante para estas cosas. Porque al día de hoy se que no hubiera jugado en otra posición. No me imagino.
En cierto modo me gusta pensar que es perfecto para mí. Mi alma sedentaria pide siempre quietud, mi temerosa mente pide estar protegida, mi personalidad tan jodida constantemente desea distinguir (no destacar, ojo) y ser diferente en cualquier manera posible. Entonces arquera para mí era un oficio que, me enorgullece decir, me ayudó mucho a encontrarme a mí misma.
Y empecé. Mi lado perfeccionista se mostró apenas pudo, haciéndome caer y tener ganas de abandonar ante el menor fracaso existente. Es que jugar tiene presión, pero a pesar de lo que puedan llegar a decir los demás para sacarte los nervios, el arquero siempre tiene más responsabilidad. No tanto desde la parte humana como una capitana, pero si como la última defensa: nadie te va a cuidar la espalda ni nadie se ocupa de tus errores.
Tus errores son goles en un noventa por ciento. Punto.
A veces se carga el equipo a los hombros, cuando ya nadie puede más. A veces las medallas, las finales, los puntos decisivos se deciden por penales. Hay momentos donde uno quiere rendirse, pero sabe que el efecto dominó es irreversible. Somos su base, su fortaleza. Por lo que nosotras no tenemos tan permitido caer.
Durante los años que jugué con mi equipo de Rada Tilly, admito que no había reconocido el potencial humano y técnico que ahí había. Quizás tenía que irme para darme cuenta. No lo sé. No lo supe aprovechar.
O tal vez era porque me faltaba ser feliz para disfrutar las pequeñas cosas del deporte.
Hoy jugué con mi equipo de Rosario una final. Necesitábamos ganar para ascender. De lo contrario, nos quedábamos en la C.
Empatamos.
Mis compañeras lloraron, patalearon, se putearon con lo primero que se les cruzó. Y no las culpo: sé que tipo de frustración es esa. Pero al principio no podía sentir nada. Cero. No me importaba ganar, perder, empatar o decepcionar a alguien.
Es algo mío, ¡no es cosa de ellas! Al contrario, son un grupo increíblemente unido. Mi capitana es una genia con todas las letras. Mi entrenadora está chiflada pero no es mala persona. Tienen sus cosas, como todo en esta vida. Mas yo sólo me encogía de hombros y entrenaba con media pila ¿Por qué?
Me duele en el alma entrar a la cancha y gritar el nombre de otro equipo.
Me desgarra alentar a otras compañeras, me destruye corear otros cantos.
No quiero teñir mi corazón de otros colores.
Hace cinco años que entreno en el mismo club, con la misma gente. Y de un día para otro se me pidió ponerme otra camiseta totalmente distinta. No pude. No podía. Creí que me faltarían años para poder lograrlo.
Pero hoy, antes de entrar al Estadio Mundialista de hockey, antes de enfrentarme cara a cara con la adversidad una vez más, nos juntamos como lo solía hacer allá. Hicimos chistes, nos dimos aliento. Algunas lloraron de la emoción y agradecieron por haber llegado a dónde habíamos llegado.
Entonces recordé lo que había vivido, la gente hermosa, las hermanas que gané y la familia que el deporte me dio todo este tiempo.
Los gritos de dolor, la ansiedad antes de ponerte a prueba. El abrazo en equipo. La satisfacción de haber dejado todo. La bronca contra un árbitro mala leche, una contraria soberbia, una hinchada insoportable. El coraje. La fuerza. La garra. La sangre.
La pasión que en cierto modo llevo oculta adentro mío.
Y lloré. Juré dejar todo porque esas chicas se lo merecían, juré honrar mi puesto, mi habilidad y mi reputación. Dediqué mis atajadas a quienes me hicieron ser la atleta que soy hoy: una que deja el alma en cada partido. Porque sin ellos no sería nadie ni nada. Sola no hubiese llegado a ningún lado. Levanté la cabeza y prometí dar mi esencia entera. Eso fue lo que hice. Por eso salí tranquila, con la mente en el ascenso del próximo año. Si no se tiene que dar, no se va a dar. Es así.
Estos son tiempos de cambios. No son fáciles, claro está.
Mi viejo equipo siempre será parte de mi pasado, esos años que tanto siento que me atan. Pero no tiene porque ser así. Hay que mirar adelante.
No, nunca voy a conseguir gente como la que tengo en mi hogar, pero tampoco nunca nadie va a ser como las personas que conozco día a día en Rosario. En lo absoluto.
Tomo las manos de mis compañeras, nuevas y viejas. Las acompaño y las banco en lo que pueda. Grito el saludo de cual sea el equipo en el que esté jugando.
Avanzo hacia el arco como lo hago en campo y en pista. Le doy la señal al árbitro para avisarle que está todo bien.
Me acomodo el casco.
Estoy lista para lo que venga, para las contrarias que quieran hacerse las capas. Para comerme mil goles. No interesa.
No sé como será el resultado, sólo sé que voy a dejar todo hasta el último segundo. Es matar o morir.
Y poner el pecho a las balas, haciéndole frente a cualquier cosa.
Porque si un arquero no hace eso, mejor que no juegue.
Evangelina Barle

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