lunes, 22 de julio de 2013

Take it slow.

Casi dos semanas atrás estaba despidiéndome de Rosario, con una sonrisa de oreja a oreja por haber aprobado mi segundo parcial integrador (admito que la suerte estuvo de mi lado, ni yo creía que había aprobado cuando me lo dijeron), con ganas de volver y reencontrarme con mi familia, mis amigos, mi hijo (a saber: mi perro) y mi ciudad. Porque a pesar de haber "vivido" en un lugar enorme, lindo y distinto como Rosario eso no quiere decir que deba desvalorizar o subestimar de dónde vengo como muchas personas que suelen olvidar su origen cuando suben a la cima. No creo ser así. Quiero mucho el lugar donde me crié, ya que aunque sea una ciudad muy chica tiene una belleza inconmensurable. 
Tiene ventajas y desventajas.

Como absolutamente todo en esta vida. 

Sin embargo, en cuanto pisé Rada Tilly y tuve un tiempo para reflexionar a mi modo, me vi planteando un problema antiguo que volvió en busca de más.
Vi algo que no quería ver. Algo que quizás estaba ignorando.

Me vi desdoblada, como si estuviera metida en el sueño de alguien más. No había creado ni había pedido este tipo de introspección

Estaba en una tierra plana, inexplorada, con neblina. 
Por un lado se hallaba la vieja Vangi, la chica que la vida la había hecho ser quien era: una nihilista, misantrópica, oscura, terrible. Un monstruo dañino con manchones anárquicos de humor negro que nada le venía bien. Una resentida, una renegada. 
Viva gracias al odio. 
Autómata del dolor. 
Títere de los resentimientos. 
Esclava de sus demonios. 
Alguien que no quería ser parte, sino que quería estar aparte (admito que me automarginaba en cierto modo y lo peor: me gustaba mucho) del mundo. Insensible, de corazón de piedra y lengua de acero.

Pero giraba mi cabeza y en el otro extremo veía a la Vangi que, al cambiar de aires, al haber ganado un rumbo, una ambición fija, al haber madurado levemente y al haber crecido, la vida le había vuelto a sonreír. Y ella le había devuelto la sonrisa sin resentimiento alguno. Era la chica feliz que nunca creí que iba a hallar (hablando en serio ¿hay nihilistas felices? ¿Misantrópicos felices? ¿Acaso no son sólo renegados a los que la vida todavía no les brilló?)
Una estudiante segura de sí misma, con autoestima, deseos, risas. Alguien que aprendió a disfrutar de las pequeñas cosas. De reír sana y sinceramente. Que comprendió y se dejó comprender. Que no quería huir de la realidad, sino que la adoraba. Aceptaba su vida. Quería todo lo que tenía y en parte tenía todo lo que quería. Se amaba a si misma y sólo quería que los demás estuvieran así de bien. 

Entonces ahí me hallaba, en el medio. Pensativa. Sentada en mitad de las dos Vangis que peleaban en mi interior. Las dos me agarraban con firmeza y ninguna parecía dispuesta a dejarme ir. El pasado y el presente.
Funcí el ceño ¿El pasado y el presente? ¿Cuál es la verdadera Vangi después de todo? ¿Y si sólo fui un personaje que se comió el papel todo este tiempo? ¿Realmente la gente cambia? ¿O sólo muestran lo que son en realidad? ¿Cambié o este éxtasis es pasajero? ¿Quién he sido? O peor ¿Quién soy? ¿Alguna vez volveré a tener esos pensamientos oscuros que, a pesar de todo, tanto goce me daban?
Porque sí, admitir es el primer paso para todo.
Admito que... adoro mucho de lo que solía ser. Amo esas gotas de oscuridad que sobresalían de mi frente, amo mi imaginación retorcida y mi mente delirante. Mi sarcasmo, mi ironía diaria. Mi capacidad de sentirme tan viva luego de teclear y liberarme mentalmente.

No obstante, no todo era bueno. Sino no estaría escribiendo esto. Tengo demasiado miedo a volver abajo. A recordar. A quemarme. A caer. El pasado es como un lago congelado: una capa fina de hielo lo cubre. Un paso en falso y a la mierda con todo. Es muy peligroso y hay que saber sobrellevarlo. Si hay algo de lo que estoy segura hoy mismo es que lo último que deseo es volver a hundirme. 
Sí, en algún momento voy a tener que pasar por eso. Es normal en la existencia del ser humano. Pero si puedo retrasarlo, lo voy a hacer. Así de sencillo. 

Y así como el pasado tiene sus cosas negativas, el presente también. Desde que soy feliz no he vuelto a escribir ninguno de mis relatos y no he podido seguir con mi compleja novela. Me siento enfrente de la computadora... y nada. Cero. 
No viene y no sale absolutamente nada. 
No más pensamientos oscuros. 
No más cosas que depurar. 
No más vacíos, no más sentimientos ocultos. No digo que mi vida sea perfecta (la felicidad, en mi opinión, consiste precisamente en amar lo que se tiene a pesar de todo) tengo mis inseguridades, mis dudas y mis incertidumbres. Pero no lo considero como algo que pueda darme más que unos minutos de bajón que son totalmente normales en las personas. A veces me siento del montón siendo así. Olvidando, sin pensar realmente en lo que es la vida. Comienzo a relacionar la felicidad con la ignorancia.

No por nada las personas más inteligentes que conozco son también las mas tristes. ¿Los sabios se entristecen más a menudo porque ven cómo es el mundo en realidad? ¿Los felices decidimos dejar todo eso de lado y centrarnos en lo que nos hace sonreír solamente? 
No lo sé. Pero no he vuelto a escribir tan prolija o extensamente desde que caí. Siento que mi calidad al plasmar mis sentimientos decayó notablemente.
Hasta los gigantes de donde me siento en sus hombros para ver mejor el mundo, mis mentores literarios como Poe, Kafka, Lovecraft, Stephen King, Agatha Christie, Mary Shelley escribieron sus obras maestras en los momentos más horribles de sus vidas. Con la depresión sentada en sus rodillas. 
La tristeza besándoles el cuello. 
El temor respirándoles en la cara.
La angustia robándoles el aliento. 
La miseria absorbiéndoles las ganas de existir. 
Porque es AHÍ donde uno tiene que ser más fuerte que nunca, es ahí donde uno tiene que expresarse sin temor a ser juzgado, es ahí donde hay algo oculto que merece ser puesto en otro lado que no sea nuestra mente. Cuándo uno no es feliz no anda contándole a la gente sus miserias. Se esconde y se procesa de la mejor manera posible. Cuando se es feliz ¿Qué se puede ocultar? ¿Qué te nutre?
Ojo, no digo que para todos los artistas sea así. Sólo digo que a mí por el momento no me sirve.

Pero entonces dejo de mirar a las dos Vangis y bajo la vista hacia mi pecho. Y sé en mi interior que mi lado oscuro no murió. Ni que la vida me hizo ser quien soy o quien creo ser. Y sé que lo que siento es completamente real. Siempre creía que uno es en base a lo que vive, pero no. La vida nos pone caminos mediante sus misterios, pero es uno mismo el que elige que camino tomar. 
Soy la misma loca. No cambié. Sólo miro las cosas desde otro lado. 
Puedo abrir la cabeza y bailar la cumbia mientras amo al rock. Puedo reírme de idioteces y leer sobre monstruos.  Puedo filosofar y replantearme de la vida mientras bailo en una joda, puedo comportarme como la adolescente inmadura e inestable que soy. Puedo aprovechar lo mejor de mi éxtasis para escribir igual o inclusive mejor que antes. Puedo sacar mi lado oscuro si lo busco lo suficientemente bien. Puedo hacer eso y mucho más. Puedo ser ambas al mismo tiempo. 
Las Vangis, aunque no lo crean, pueden coexistir y formar a la que está en el medio: La real. La que jamás dejó de ser. La que siempre estuvo

Así que ¿que veo? Veo un futuro muy lindo que tenía en mi camino pero sólo hoy puedo ver. Y decido crearlo y formarlo a mi manera. Veo una escritora con mucho que pulir, una estudiante con mucho que aprender, una persona con demasiado que madurar. 
Pero sobre todo, veo un sueño. Uno muy grande que muere por hacerse realidad.

Porque, después de todo, como dijo una vez mi querido Poe "Todo lo que vimos o hemos visto no es más que un sueño adentro de otro sueño" 
Pero sólo de nosotros depende hacerlo realidad.





Evangelina Barle




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