Y ahora, para comenzar con la acción, un relato que habré hecho hace tres años. Ah, la dulce mente de los jóvenes, cuánta inocencia (?)
Uno,
dos, tres pasos doy; abro la puerta y ya estoy en el sótano. Escucho un ruido
pequeño de la llave girando y cerrando la entrada, mas no le doy importancia,
porque no estaré aquí por mucho tiempo ¡No hay ni una sola luz! Admito que
jamás me gusto ese lugar, tan frívolo, tan negro, tan aislado, tan tenebroso.
Cada vez que alguien me pide ir ahí, pareciera que mi corazón deja de latir por
un segundo. Si, es traumático.
Rozo la
pared, desgastada y mohosa. Hace años que dejó de oler bien; ahora mismo todo
el sótano tiene el mismo olor, un aroma inconfundible a viejo, a seco y a un
notable abandono.
Pero yo
detesto esta pequeña parte de mi casa por una razón especial, no solo por el
hecho de que sea así, tan horripilante. Yo lo odio por algo más. Es que aquí es
donde mi imaginación se libera, vuela y se expande por el aire; este rincón que
parece ser nada mas ni nada menos que el otro lado del mundo, es donde mis
pesadillas son transmitidas a la realidad. Yo realmente jamás iría por voluntad
propia, pero, claro está, mi madre me obligó a ir a buscar unas cajas de vino.
Obviamente, no mostré mis verdaderas emociones, solo tragué mis lágrimas,
fruncí el ceño y me encamine con una firmeza quizás muy mal fingida. ¡Que
idiota fui!
Ahora estaba
paralizada, con un sudor frío trotando por mi duro cuerpo, con ganas de salir
corriendo infinitamente. Dudo si hacerlo o no.
En el
preciso momento en el que giro sobre mí misma para abrir la puerta, un alarido
histérico trepa por mi garganta, pero afortunadamente no sale.
La
manija había desaparecido.
Desesperada,
recorro la pared agitando mis manos, las cuales parecían tener convulsiones y
el mal de Parkinson al mismo tiempo. ¡No había puerta!
Dios, no -
me digo - todo menos esto.
Más no,
al parecer la puerta jamás había existido.
¿Qué
iba a buscar? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? El pánico quiere meterse en mí y
amenaza con hacerme parte de él. Quiere volverme loca, no quiere dejarme ir. La
negrura no cede, así que no puedo ver ni siquiera mis propias manos.
¿Y si hay manos de alguien mas aquí? ¿Y si yo
jamás estuve sola?
Tiemblo
como gelatina mientras intento hacer lo básico: trato de despejar mi mente del
horror que tengo a mi lado. Aquí esta oscuro como boca de lobo. Dejo de pensar
en la muerte, en los alaridos, en los monstruos que podrían hallarse aquí
mismo. Tengo que sobrevivir.
Definitivamente
no soy de esas personas que se aterrorizan y se bloquean. Yo constantemente
poseo mis momentos de terror puro, y al rato me calmo.
No. Un sótano no va a acabar conmigo.
¿Qué
hay en la oscuridad? ¿Qué sucede a nuestro alrededor cuando cerramos los ojos?
Tal vez esa es la razón por la cual el miedo a la penumbra es tan usual.
La
mayoría de los humanos le tememos a lo desconocido, a lo que no podemos ver y
mucho más temor le tenemos a lo que no podemos comprender.
Mis
tripas se revuelven mientras unas cosquillas insoportables se alojan en mi
vientre, y la más fiera adrenalina parece desbordar de mi piel. ¡Si, tengo
miedo! ¡Tengo un pavor que nunca tuve!
Ya ni
intento calmarme: mi pobre mente esta demasiado ocupada tejiendo los mas
horribles pensamientos, experiencias y alucinaciones que tuve. Esto no va a
parar, mi imaginación esta libre y no hay nadie que pueda atraparla
Siempre
pienso, antes de acostarme en mi cama, que irreversiblemente estamos
acompañados. Todo el tiempo. Nos vigilan. ¿Quiénes son? No sé.
A veces
imagino que son como las películas, y de vez en cuando, los veo de tanto pensar
en ellos. Los distingo al final de un callejón, en la noche mas oscura de mi
vida, parados o arrastrándose lentamente hacia mi, esperándome. La mayoría del tiempo no
tienen cara, o no puedo vérsela por un velo negro que los cubre.
O,
raramente, ocurre lo peor.
A veces
puedo verles la cara.
Oh,
Dios, y es ahí donde lo malo comienza. Puedo asegurarlo; esa cara muerta,
arruinada, una mascara roja o blanca, con o sin ojos. Hay días en los que no
puedo dormir, ya que no quiero cerrar los míos.
¿Y si
se hallan en mi armario? ¿Y si cuando bajo los pies al despertarme a media
noche, me agarran con sus manos? ¿Y si cuando miro a mi espejo, están ahí,
atrás mío, con expresión seria? ¿Y si, cuando suena el teléfono, no obtengo más
que un silencio sepulcral de parte de ellos?
Mi
mente, al borde de la locura, me susurra tenuemente.
Tú no puedes
tocarlos
Tú no puedes
verlos
Tú no puedes
sentirlos.
Pero… ¿Sabes que?
Ellos pueden verte
Ahora
si voy a llorar. Aunque me nutro de ese miedo y sigo adelante, me digo que hay
cosas peores, y que a veces la realidad es peor que lo desconocido. Me digo que
este lugar es el mismo, independientemente de si este oscuro o iluminado
¿Verdad?
Tanteo en
busca de mi celular, más no esta en mi pantalón. Quiero gritar. Voy a gritar.
Abro la
boca cuando una mano incorpórea me cubre la cara y un aullido inhumano,
desgarrador, sobrenatural llena mi mente y no me deja ni pensar.
El
pánico es parte de mí ahora. No se si hay salida.
Todo
sigue igual de negro, pero de algún modo se que cerré los ojos.
Los
abro. ¿Acaso fue un sueño? Tuerzo la boca débilmente. Si, soñé con algo
horroroso, pero sigo en el tétrico sótano. Me incorporo, son saber cuanto
tiempo estuve, que hacia allí, si me desmaye o no. Tengo la boca seca, sin
saliva ¿Habré gritado?
Allí, a
mis pies, esta mi celular. Titila, gracias a Dios. Lo levanto totalmente
desesperada por salir. Es un mensaje de mi madre.
“Nos fuimos a lo de los abuelos, volveremos en
un rato”
Quiero
llamar, mas no tengo crédito.
Bueno, me voy – pienso alegremente. Me doy vuelta, aprieto
la manija, y la puerta esta cerrada.
Esta bien – digo nuevamente – Me fijare en la cerradura - La tanteo sin preocupación
Entonces
solamente ahí recuerdo todo, de un solo golpe mental (incluso recuerdo que
había ido a buscar)
Esta
cerrado con llave.
Y la
llave esta del otro lado.
Del
otro lado del mundo.
Evangelina Barle
