martes, 23 de septiembre de 2014

Forever (although forever sometimes is too short)

Mientras miro mis entradas antiguas de este blog, veo como el paso del tiempo y la vida misma moldean mi personalidad, perfeccionan mis baches y liman mis esquinas rasposas con una paciencia casi eterna. Me veo crecida, evolucionada, en camino a convertirme en la persona que siempre quise ser. Las cosas en las que era renegada son cada vez menos, las sonrisas aumentan en número/tamaño y puedo disfrutar un poco más de las pequeñas delicias cotidianas. 

Una de ellas es el amor.

Quizás si me preguntabas unos meses atrás podía llegar a decirte que el amor no existía. Que era una mezcla entre el deseo y el cariño inevitable que uno le tiene a una posesión. Que era una farsa, que no existía. Te hubiera respondido feliz, si, pero con un toque de misantropía (todavía presente, debo decir) para mandarte a freír papas. En esa instancia de mi vida sólo creía en el amor que puede tenerle un familiar a otro, una mascota a su dueño, un mejor amigo o un pariente de corazón a uno. 
Dentro mío, metido entre tanta coraza, un hueco de pesar me decía que dos personas no podían amarse infinitamente toda la vida. Que la chispa, la flama que una vez incendia dos cuerpos tenía una pronta fecha de vencimiento. Luego no volvía a encender de la misma manera. Creía todo esto y mucho más a partir de varios sucesos de mi vida sumados a mi personalidad oscura.

Ahora sé que mi corazón fue tocado desde los principios de mis años. Sí, amé, y varias veces. Gané, perdí. Fue correspondido (y no) así como tampoco funcionó por cuestiones mayores. Sufrí, como cualquiera. A veces considero que el que no sufrió nunca por amor es porque jamás ha amado realmente. No sé.

Hoy es un día muy especial para mí. Este momento me determinó que el amor no sólo existe, sino que está presente en todos y cada uno de nosotros, a la manera de quien lo viva. Hoy es el aniversario de 20 años de casados de mis padres. 
Y digo ES, no SERÍA porque no considero que elementos como el tiempo o la muerte puedan llegar a interferir en un amor tan grande como el que pude percibir en ellos. Este se alzó sobre mí como un ave majestuosa, gigantesca, haciendo sombra con sus alas para mostrarme el insecto que soy ante tanta fuerza (podría decir) mágica. No hay nada más fuerte que el amor, me dije, y ahí supe que es irrompible, indestructible, eterno. Que mientras siga existiendo el ser humano siempre existirá la caricia, el abrazo, la mirada que pide a gritos estar con esa persona para toda la vida. 
Siempre estará esa parte de nuestra mente que atesorará los momentos más hermosos, los cuidará y los manendrá por si en un futuro dejan de repetirse. Estará el paso nervioso, la risa temblorosa, el indescriptible momento de la primera vez que besamos a alguien. 


Amar es muchas cosas. Es sacrificar, es desear lo mejor para la otra persona aunque eso no nos incluya en sus planes. Es cuidar, proteger. Es algo tan instintivo como celar sanamente o reír con sólo mirar a los ojos del otro. Es compartir. Es unir dos almas en una sola, es sostener los hombros para caer con alguien más ante los infortunios de la vida. Porque para eso podemos estar: para enfrentar juntos los maremotos y las lluvias que puedan amenazar nuestra felicidad. 
Nadie nos obliga a elegir a quien adoramos, es puramente nuestra elección. No es algo que se sabe o se piensa, es algo que se siente. Es alzar la vista y pensar "quiero pasar lo que queda de mis días con esta persona. Y con nadie más". Si el destino nos pone algo de fuerza mayor o si los individuos cambian es otra cosa, pero el amor trata de sentir en ese momento el deseo de que todo sea eterno. Lo que suceda después es otro tema. 

Hoy estoy sintiendo ese amor. Puedo ser yo misma, sin atauras ni corazas. Puedo liberarme y esperar un futuro con alguien. Puedo disfrutar del silencio por horas, donde sólo es necesaria le presencia de mi pareja. Puedo creer en que alguien considera que valgo la pena. También sé que corro el riesgo de volverme a lastimar, pero siempre será peor amar y haber perdido que nunca haber amado. El amor hace que uno elija a una persona, al costo de un posible daño, pero confiando en que no lo hará.

El amor es confianza. Es esperanza en su más puro estado. Es una puerta y un cerrojo. Es locura. Es fe. Es miedo. Es sonrisa, pero también es dolor. Es uno de los más grandes aspectos de la vida y probablemente el motor más grande que la haga poner en marcha. 
Es la razón por la que muchos seguimos viviendo. Es nuestra ancla y nuestra salvación. Es lo que somos, lo que llegaremos y lo que podríamos llegar a ser.

En honor a todo lo que fui y soy gracias al amor, les dedico un saludo a mis padres, la muestra indiscutible de adoración en mi opinión. Gracias por darme todo de ustedes.
Les deseo un muy feliz aniversario y les aseguro que junto con todas las personas que amé y amo, siempre pero siempre tendrán un lugar en mi corazón. 

Evangelina Barle

viernes, 4 de abril de 2014

The otherside.

Hacía ya demasiado tiempo que no agarraba el blog. Ni siquiera tuve muchas noches de escritura para reflexionar e intentar mejorar como siempre hago. Pero hoy, en mi primera noche antes de arrancar de nuevo con la rutina rosarina, me hice unos minutos para disfrutar del silencio y de la soledad de la manera que más me gusta. 

Porque en lugar de llenar la cabeza constantemente con sonidos, opiniones, visiones y charlas, dejo fluir mis propias ideas, mis pensamientos más profundos salen desde lo más hondo de mi mente y vuelan, libres, para envolverme con su brillo y hacerme volar, levantarme bien alto y dejarme flotar con gracia.

No estoy desprestigiando la compañía ni mucho menos. Pero como siempre digo, sólo aquí puedo ser yo misma. Soltarme y mostrarme sin ningún tipo de máscara ni con la necesidad de seguir protocolo social alguno. Soy lo que soy, con más cosas malas que buenas, con mil inseguridades, cientos de miedos y millones de dudas. Pero al menos estoy más encaminada que antes en relación a mi futuro y mi identidad. Es algo que indiscutiblemente tengo que rescatar del año pasado.

Necesito tiempo para mí. Pasar muchos días sin mis horas solitarias me desesperan y me convierten en un ser irascible e insoportable. Por lo que por el bien de todos, me aíslo del mundo exterior, tan salvaje, crudo y vil como hermoso, impecable y cálido. Aprendí que puede convertirse en cualquiera de estas cosas, pero que depende exclusivamente de como lo mire uno.

Últimamente tuve la suerte de mirarlo de la mejor manera.

Gente querida, me encanta poder decir que cada día me encuentro mejor, con una sonrisa en mi rostro y unas extrañas ganas de empezar el segundo año de mi dura carrera, un año más de deporte y amistad, una oportunidad para ir perfeccionándome día a día en todos mis ámbitos (como persona, como estudiante, como deportista, como escritora, etc.) dispuesta a caer, a fracasar, a que me bochen, a que me hagan sufrir como tiene que ser, preparada para lo que sea que la vida me depare. Amo los extremos, el drama, las emociones fuertes aunque a veces no lo parezca. 

Me considero una kamikaze que disfruta del riesgo y la incertidumbre, pues para mí mientras más cerca de la muerte estamos es cuando más vivos nos sentimos. Mientras más sufrimos, más soportamos.

Es que las personas lastimadas somos muy peligrosas, porque ya sabemos de antemano que podemos sobrevivir. 
Sabemos que aunque parezca el fin del mundo, siempre se sale de toda situación a su debido tiempo.
Sabemos aferrarnos a las cosas que nos hacen bien para seguir flotando.
Somos flores de cerezo, a prueba de todo, que florecemos y crecemos hasta en la más grande de las adversidades, para demostrarle a la vida que nada nos tumbará definitivamente. Que a veces podremos tardar en florecer, pero que jamás nos marchitaremos.



Hoy soy una persona feliz, que hace unos días acaba de ver a su banda favorita por segunda vez, donde ya prácticamente nada me importaba, pues luego de esperar durante 5 horas apretujada entre la multitud, luego de tantas horas mordiéndome las uñas y sudar del calor, finalmente aparecieron mis chicos, con su espíritu californiano para darme vuelta el universo una vez más.
Y me hicieron volar, me hicieron gritar hasta quedarme sin voz, me hicieron llorar como condenada. Me hicieron mirarlos hipnotizada, sin poder dar crédito a lo que mis ojos veían a tan pocos metros.

En alguna entrada contaré lo importantes que son los Red Hot Chili Peppers para mí, al punto de (perdonen la sensibilidad, comprendan a esta joven con depresión post-recital) haberse convertido en una de las mejores cosas que me pudieron haber pasado. 

Y ahí me di cuenta que había valido toda la pena del mundo, me di cuenta de como una hora y media pueden compensar meses y hasta años de dolor. De como pequeñas cosas, como la sonrisa de mi hermana cuando cumplió los quince años hizo que todo el esfuerzo para su fiesta no haya sido en vano (definitivamente no lo fue ¡porque salío genial!). 

Abrí los ojos para también ver todo lo que hace que cada día sea importante e irrepetible. 

La risa de mi mamá, las charlas con mis amigas, la presencia de mis familiares, los abrazos de mi novio (me gustaría compartir esto en otra entrada, porque de hacerlo en esta se mezclarían demasiadas cosas, además de que sería muuy larga), los eternos chistes a mi perro, las caminatas. La ilusión. La alegría. Esas son las razones por las que sigo viviendo.

Estar sola me hace bien, sí. 
Me encanta, de hecho.

Pero no puedo y no podré imaginarme mi vida sin las personas que quiero y que iluminan mi alma. 
Una persona solitaria no necesariamente tiene que estar sola. Y si algo sé, es que nunca me gustaría estar sin compañía.

Porque ahí el mundo se mostraría en su manera más fría, cruel y dura. 

Lo que me hace feliz es todo lo que tengo, todo lo que necesito 
¿Quién realmente sabe lo que nos depara el futuro? El día de mañana todo lo que creíamos tener asegurado se nos va, nos deja y lo perdemos para siempre.
Hay que aprovecharlo mientras lo tenemos, y si es posible no dejarlo ir. Tener a la felicidad agarrada en nuestras manos, dejarla que esté constantemente a nuestro lado.

Mantener lo que nos hace bien, escuchar nuestras canciones preferidas, dedicarnos unas horas a vagar por nuestra conciencia.

Estoy firmemente convencida que estamos aquí para ser felices.

Y mientras se pueda, hay que intentarlo.

Evangelina Barle

domingo, 1 de diciembre de 2013

Let's just breathe.

Finalmente pude volver a mi hábito. Por lo general trato de mantenerme alejada de todo lo que puede arrastrarme: los libros, las series, las salidas, los juegos... los vicios, por así decirlo. Me desconcentran y no me dan ganas de agarrar los apuntes. ¡Cuando menos falta para terminar con todo, cuando el esfuerzo tiene que ser más grande, menos quiero! ¡Más me canso! 

Pero considero que necesitaba escribir. Hoy pasó algo de lo más interesante y odiaría perderlo de mi cabeza.

Si bien nunca menciono al hockey más que para decir que busco club o alguna cosa así, esto no quiere decir que no me interese o no me guste. En absoluto.
Creo que sencillamente no está entre mis grandes pasiones. No es algo que "no cambiaría por nada", no es algo que me quita el sueño o es parte de mi futuro.

Sólo es un hobby. Aún así merece al menos una entrada dedicada específicamente a este tema.

Arranqué a jugar al hockey a los trece años. Habré estado un par de meses de defensora, pero mi entrenador de ese momento (al que ahora le estoy infinitamente agradecida) me vio demasiado pegada al arco, con una actitud hasta posesiva podría decirse. 

"Tenés que ser arquera" fue todo lo que me dijo

Y bueno. Probemos. Peor es arrepentirse de lo que uno hizo que de lo que uno no hizo, ¿verdad?
Creo que ese hombre tiene un ojo impresionante para estas cosas. Porque al día de hoy se que no hubiera jugado en otra posición. No me imagino. 
En cierto modo me gusta pensar que es perfecto para mí. Mi alma sedentaria pide siempre quietud, mi temerosa mente pide estar protegida, mi personalidad tan jodida constantemente desea distinguir (no destacar, ojo) y ser diferente en cualquier manera posible. Entonces arquera para mí era un oficio que, me enorgullece decir, me ayudó mucho a encontrarme a mí misma.

Y empecé. Mi lado perfeccionista se mostró apenas pudo, haciéndome caer y tener ganas de abandonar ante el menor fracaso existente. Es que jugar tiene presión, pero a pesar de lo que puedan llegar a decir los demás para sacarte los nervios, el arquero siempre tiene más responsabilidad. No tanto desde la parte humana como una capitana, pero si como la última defensa: nadie te va a cuidar la espalda ni nadie se ocupa de tus errores. 

Tus errores son goles en un noventa por ciento. Punto.

A veces se carga el equipo a los hombros, cuando ya nadie puede más. A veces las medallas, las finales, los puntos decisivos se deciden por penales. Hay momentos donde uno quiere rendirse, pero sabe que el efecto dominó es irreversible. Somos su base, su fortaleza. Por lo que nosotras no tenemos tan permitido caer.
Durante los años que jugué con mi equipo de Rada Tilly, admito que no había reconocido el potencial humano y técnico que ahí había. Quizás tenía que irme para darme cuenta. No lo sé. No lo supe aprovechar.
O tal vez era porque me faltaba ser feliz para disfrutar las pequeñas cosas del deporte.

Hoy jugué con mi equipo de Rosario una final. Necesitábamos ganar para ascender. De lo contrario, nos quedábamos en la C.
Empatamos. 

Mis compañeras lloraron, patalearon, se putearon con lo primero que se les cruzó. Y no las culpo: sé que tipo de frustración es esa. Pero al principio no podía sentir nada. Cero. No me importaba ganar, perder, empatar o decepcionar a alguien. 
Es algo mío, ¡no es cosa de ellas! Al contrario, son un grupo increíblemente unido. Mi capitana es una genia con todas las letras. Mi entrenadora está chiflada pero no es mala persona. Tienen sus cosas, como todo en esta vida. Mas yo sólo me encogía de hombros y entrenaba con media pila ¿Por qué?

Me duele en el alma entrar a la cancha y gritar el nombre de otro equipo. 
Me desgarra alentar a otras compañeras, me destruye corear otros cantos. 
No quiero teñir mi corazón de otros colores. 
Hace cinco años que entreno en el mismo club, con la misma gente. Y de un día para otro se me pidió ponerme otra camiseta totalmente distinta. No pude. No podía. Creí que me faltarían años para poder lograrlo.

Pero hoy, antes de entrar al Estadio Mundialista de hockey, antes de enfrentarme cara a cara con la adversidad una vez más, nos juntamos como lo solía hacer allá. Hicimos chistes, nos dimos aliento. Algunas lloraron de la emoción y agradecieron por haber llegado a dónde habíamos llegado. 

Entonces recordé lo que había vivido, la gente hermosa, las hermanas que gané y la familia que el deporte me dio todo este tiempo.
Los gritos de dolor, la ansiedad antes de ponerte a prueba. El abrazo en equipo. La satisfacción de haber dejado todo. La bronca contra un árbitro mala leche, una contraria soberbia, una hinchada insoportable. El coraje. La fuerza. La garra. La sangre.
La pasión que en cierto modo llevo oculta adentro mío.

Y lloré. Juré dejar todo porque esas chicas se lo merecían, juré honrar mi puesto, mi habilidad y mi reputación. Dediqué mis atajadas a quienes me hicieron ser la atleta que soy hoy: una que deja el alma en cada partido. Porque sin ellos no sería nadie ni nada. Sola no hubiese llegado a ningún lado. Levanté la cabeza y prometí dar mi esencia entera. Eso fue lo que hice. Por eso salí tranquila, con la mente en el ascenso del próximo año. Si no se tiene que dar, no se va a dar. Es así.

Estos son tiempos de cambios. No son fáciles, claro está. 
Mi viejo equipo siempre será parte de mi pasado, esos años que tanto siento que me atan. Pero no tiene porque ser así. Hay que mirar adelante. 
No, nunca voy a conseguir gente como la que tengo en mi hogar, pero tampoco nunca nadie va a ser como las personas que conozco día a día en Rosario. En lo absoluto.

Tomo las manos de mis compañeras, nuevas y viejas. Las acompaño y las banco en lo que pueda. Grito el saludo de cual sea el equipo en el que esté jugando.
Avanzo hacia el arco como lo hago en campo y en pista. Le doy la señal al árbitro para avisarle que está todo bien. 
Me acomodo el casco. 

Estoy lista para lo que venga, para las contrarias que quieran hacerse las capas. Para comerme mil goles. No interesa.
No sé como será el resultado, sólo sé que voy a dejar todo hasta el último segundo. Es matar o morir.
Y poner el pecho a las balas, haciéndole frente a cualquier cosa.  
Porque si un arquero no hace eso, mejor que no juegue. 



Evangelina Barle

miércoles, 16 de octubre de 2013

The book of love.

Estas últimas semanas han sido bastante raras. No sólo porque estuve encerrada tragándome libros de manera casi compulsiva para un parcial, (me fue muy bien por suerte, ¡yay!) lo que no me daba oportunidad para tener una vida, sino porque de un momento a otro me sentí increíblemente rara.
El cuerpo me pesaba mucho, comía con una ansiedad notoria y además sólo quería escuchar música triste. Mis miradas se quedaban perdidas en la nada. Comenzaba a cansarme de todo. Dormía más. Soñaba cosas horribles. Sentía una opresión en el pecho que muchas veces no me dejaba respirar. Me preguntaba, no sin antes enfurecerme por la frustración, por qué me estaba sucediendo esto.
Sólo cuando me encontré mirando fotos de mi padre me di cuenta que estaba somatizando todo.

Y es que el día 16 de octubre fue cuando tuve la mañana más triste de mi vida y mi mamá vino a casa avisando que mi papá había fallecido.

Hace tres años.

Recuerdo esa semana como si hubiera sido la última. Estábamos todos en lo de mi tía, debido a que mi papá se había desmoronado y ya no podía levantarse de la cama. De un lado a otro, revoloteando cual lechuzas inquietas. Haciéndolo sentir mejor, hablando de temas frívolos y superfluos. Como si fingiéramos que nos interesaban otras cosas. Con susurros quietos y lágrimas escondidas entre jarrones. No había ido a la escuela un sólo día, sólo el viernes. No escribí una sola palabra. No sabía bien que pensar.
Juro por todo lo bueno por lo que vale la pena vivir que pensé que iba a salir de la casa en cualquier momento.
No había terminado de entender por qué venían tantas personas a verlo: no entendía que muchos estaban despidiéndose.
Creí que era solo un susto, un bajón. Pensé... que mejoraría. Realmente creí que iba a estar todo bien. No tenía el valor ni el negativismo de perder las esperanzas.
Pero la enfermedad consume. Nunca perdona. Absorbe todo lo bueno y se lleva hasta tu último aliento como un viento mortal. Sólo cuando vi sus ojos amarillos y sus huesos marcados comprendí que las cosas nunca volverían a ser lo mismo.
A mis cortos 15 años, plena discordia hormonal/mental/social, tuve que tomar de las manos a una de las personas que más amo en este mundo y decirle que podía irse, que íbamos a arreglárnosla, que saldríamos adelante, que era lo mejor para él y que no tenía que seguir sufriendo.


Pero mi cabeza y mi alma pedían a gritos desgarrados que se quedara con nosotras, que no se fuera, que lo quería a mi lado lo que la vida debería durar. Deseaba que me abrazara y volviera a ser su nena una vez más. A reír con sus chistes, a atemorizarme con sus retos, a corear con sus canciones y a soñar con sus historias.

Lo extraño. Lo extraño tanto... Y pasar toda una vida sin él... simplemente se me hace demasiado largo. Y una parte de mí no comprende por qué o como nos sucedió esto. 

A veces tengo la ilusión que sólo se fue por un tiempo. Que algún día va a volver vestido con su ambo y su maletín de diez años de antigüedad. Sueño con que está con nostras y toda la realidad no pasó nunca ¿experimentaron eso alguna vez? Confundo verdad con ilusión y me despierto con una sonrisa, creyendo que nunca se enfermó. Pero la ficción se desvanece y otra vez me encuentro sin la presencia de mi padre. Yo no puedo seguir oyendo los pasos de alguien que no llega nunca. No puedo dar manotazos en una habitación oscura, aguardando hallar algo que me ilumine todo nuevamente. 

Recuerdo el sufrimiento, la incertidumbre, los desánimos, los días miserables, las pocas ganas de levantarme, las veces que no sabía porque estaba en este mundo y lloro.

Casi nunca lloro delante de las personas. Normalmente lo hago con mi mamá en momentos de "explosión" o cuando estoy muy borracha. De vez en cuando puedo llegar a poner mis ojos vidriosos, pero esto no sucede muy seguido.
Sólo la noche, agazapada junto con la soledad y el silencio forman el cóctel perfecto para que cubra mi cara con mis manos y rompa en llanto hasta quedarme dormida. Incluso para descargarme soy muy solitaria. Y bué.

No le deseo a nadie de los numerosos miembros en mi lista negra (y eso que son varios eh) que me pase lo que nos pasó a mi mamá, a mi hermana y a mí. ¿Quién la va a llevar al altar cuando se case mi hermana? (Planeo evitar la iglesia a toda costa, debería estar muy enamorada para hacerlo) ¿Y en su cumpleaños de quince? ¿Por qué yo pude tenerlo y ella no? Mi mamá lo había elegido para envejecer juntos, para pasar los años que venían, para vernos egresar y progresar en la vida ¿Qué va a ser de nosotras ahora? Eramos una familia increíblemente unida, buena y con pocos conflictos ¿Qué hicimos para que nos sucediera esto? 

Honestamente no lo sé. Y tampoco sé si me gustaría saberlo. Tal vez sólo sucedió. Y listo. 

La vida es efímera. Un día abrimos los ojos y los que tienen que estar desaparecen de nuestro lado. Los que dicen estar para siempre se apartan y fingen no haber estado nunca. A veces pasa lo peor: nos damos cuenta que hay algunos que jamás estuvieron realmente junto a nosotros. 
Pero también es misteriosa y nadie dijo que iba a ser perfecta. Nada que valga la pena será fácil. Da miedo enfrentar a las cosas que nos pueden llegar a hundir, mas esconder la cabeza no es ni será la mejor opción. 

Agradezco que no estamos solas. Día a día nuestros lazos más cercanos, ya sean de sangre o no, nos iluminan las caras. Nos tenemos entre las tres, y quizás hasta sólo eso alcance para resistir y superar lo que trata de destruirnos. Ganaremos. En cierto modo ya hemos ganado. 
Tenemos motivos para reír, para querer sentir el sol en nuestras caras. Para permitir disfrutar pequeños detalles que hacen la vida un poco más alegre. Tenemos libros de fotos que nos recuerdan nuestros momentos más hermosos, videos, anécdotas graciosas y memorias eternas. 
Tenemos amor. Toneladas de amor para dar y recibir desde mil fuentes distintas. No me imagino lo duro que sería todo sin las personas que nos levantan, nos sostienen los hombros y nos ayudan a caminar. 

Gracias a todos. No hay muchas palabras para demostrar mi gratitud. 
Vamos con la cabeza en alto listas para lo que sea, vamos unidas a fortalecernos cada año más.

Vamos con todo, viejo. Y si a veces reventamos en lágrimas, no te alteres. Es normal. Solamente te extrañamos mucho.


Evangelina Barle


miércoles, 21 de agosto de 2013

In the sun.

Definitivamente algo de murciélago tengo. 
Sin importar si estoy hecha mierda en la semana, si me levanté temprano en el día o si dormí poco, la madrugada siempre termina por esclavizarme, tomarme entre sus oscuros brazos y no dejarme dormir. Precisamente son estos horarios (publico esto a esta hora pero lo escribí ayer a las 5 de la mañana) donde me inspiro y tengo más ganas de vivir la vida: ya sea escribiendo, relfexionando, mirando atentamente alguna película o simplemente repasando lo que tengo que estudiar. Soy una amante de la noche en cierto modo.

Muchas cosas pasaron desde que pisé Rada Tilly y permití a mis dos mitades coexistir. Me reencontré una vez más con las personas que quería ver (y con las que no, lamentablemente, también me crucé en alguna ocasión) salí, disfruté la playa donde me crié, visité a mi antigua escuela y dejé mi mente en blanco, sin pensar en nada más que en mi felicidad (con un toque de egoísmo acaparo la última frase, debo decir). Por un momento tuve un miedo increíble de no poder volver, de haber extrañando tanto que tendría fuertes deseos de quedarme, de no poder asimilar tantas cosas que habían finalizado y que nunca volverán. 
Fotografías. Segundos congelados y miradas perdidas. Rayos de sol, vistas perfectas. Dejavús, gritos y risas. Llantos. Canciones tristes. 
No puedo evitar, en cierto modo, sentirme un visitante en mi propia casa. 

Rada Tilly es donde me crié, es verdad. Pero de todas las ciudades que conozco fue Rosario la que elegí. Eso puede llegar a darle un par de puntos extra, los suficientes como para considerarlo un hogar. Me enamoro de la ciudad cada día un poquito más (aunque esto incluya las visitas que organiza la facultad las villas, no me importa), formo lazos que sé que perdurarán con el tiempo, me termino de encontrar a mí misma y sigo adelante a pesar de todo. 
Mas una de las razones por las que no voy a vivir nunca más en Comodoro Rivadavia o Rada Tilly es porque no puedo olvidar. Y porque sé que no son ciudades para mí. Me sentiría sofocada, ahogada, encerrada. Sin oportunidad de abrirme y crecer en una metrópolis, de conocer otras partes de este extenso mundo. 

Pero la triste verdad, es que mientras algunas cosas se aclaran, otras se opacan minuto a minuto.
No dejo de pensar que medicina va a terminar por destruir mis ambiciones literarias para dejarme sin tiempo libre para escribir (de hecho, no debería estar escribiendo, sino estudiando para el final. Taller literario es lo único que me falta conseguir). No tolero la idea de fracasar en mis sueños: el que lea este blog sabe que soy sumamente intolerante al fracaso en todo sentido. No me siento preparada para rendir un final y que me humillen como deben hacerlo. Tengo demasiado pavor a ir a Mensa y no oír lo que quiero escuchar. No quiero decepcionar a mi equipo de hockey, pero tampoco quiero decepcionarme a mí misma. No quiero ser hipócrita con mi espíritu.
Yo creo que el día que seamos falsos con nosotros mismos será el día que perderemos todo. 

A veces quiero volver el tiempo atrás. Me hubiese gustado que papá supiera que quería estudiar medicina. Jamás lo supo. Tomé la decisión a los 16 años. Quiero retornar a mis meses de egreso sin estudio o sin la presión que la universidad demanda cada vez más. Quiero que la persona que adoro tenga la capacidad de amarme también (luego de casi seis años, el camino no es otro que aprender a vivir sin él. Simplemente es demasiado difícil) 

Les pido que no confundan estas palabras como bajones o desánimos. Sólo son momentos reflexivos que considero sanos para todos. En algunos días uno tendría que sencillamente sentarse y replantearse todo, o no pensar en nada más que en su existencia. A dónde va. A dónde quiere ir. Con que personas quiere compartir su vida. Con quiénes no. Pensar llena a uno por dentro y le da más sentido a lo que hace. O te da razones para dejar de hacer lo que uno jamás debería haber hecho. No lo sé. Pero ocultar las cosas y ocupar todo el tiempo para evitar esto me parece cuanto menos cobarde. Ojo, no quiero decir que yo no tenga miedo de indagar continuamente en mi interior. Estoy aterrada. Tengo la posibilidad de hallar cualquier sentimiento escondido listo para salir y esperar ser aceptado. O aún peor: corro el riesgo de no hallar más que un vacío, un pozo sin fondo. 
Ser valiente no es no tener miedo. Es tener miedo y de todos modos enfrentarse a lo que nos atemoriza. 



¿Por qué sé que de todos modos soy feliz? Porque al otro día la filosofía me abandona y me siento bien. Porque sonrío sinceramente, porque canto constantemente (a pesar de ser un asco cantando), porque voy con actitud positiva ante todo lo que planee venir. 
A la vida hay que llevarla de la mejor manera posible. Esto no nos garantiza que las cosas vayan a salir bien, pero es mil veces mejor que encarar por el lado triste y negativo. Aunque no salgan bien uno tiene que decirse: va a estar todo bien.
Se dice que con buena predisposición las cosas tienden a darse mejor de lo que uno se imagina ¡Por el momento lo tengo bastante comprobado!


Evangelina Barle

lunes, 22 de julio de 2013

Take it slow.

Casi dos semanas atrás estaba despidiéndome de Rosario, con una sonrisa de oreja a oreja por haber aprobado mi segundo parcial integrador (admito que la suerte estuvo de mi lado, ni yo creía que había aprobado cuando me lo dijeron), con ganas de volver y reencontrarme con mi familia, mis amigos, mi hijo (a saber: mi perro) y mi ciudad. Porque a pesar de haber "vivido" en un lugar enorme, lindo y distinto como Rosario eso no quiere decir que deba desvalorizar o subestimar de dónde vengo como muchas personas que suelen olvidar su origen cuando suben a la cima. No creo ser así. Quiero mucho el lugar donde me crié, ya que aunque sea una ciudad muy chica tiene una belleza inconmensurable. 
Tiene ventajas y desventajas.

Como absolutamente todo en esta vida. 

Sin embargo, en cuanto pisé Rada Tilly y tuve un tiempo para reflexionar a mi modo, me vi planteando un problema antiguo que volvió en busca de más.
Vi algo que no quería ver. Algo que quizás estaba ignorando.

Me vi desdoblada, como si estuviera metida en el sueño de alguien más. No había creado ni había pedido este tipo de introspección

Estaba en una tierra plana, inexplorada, con neblina. 
Por un lado se hallaba la vieja Vangi, la chica que la vida la había hecho ser quien era: una nihilista, misantrópica, oscura, terrible. Un monstruo dañino con manchones anárquicos de humor negro que nada le venía bien. Una resentida, una renegada. 
Viva gracias al odio. 
Autómata del dolor. 
Títere de los resentimientos. 
Esclava de sus demonios. 
Alguien que no quería ser parte, sino que quería estar aparte (admito que me automarginaba en cierto modo y lo peor: me gustaba mucho) del mundo. Insensible, de corazón de piedra y lengua de acero.

Pero giraba mi cabeza y en el otro extremo veía a la Vangi que, al cambiar de aires, al haber ganado un rumbo, una ambición fija, al haber madurado levemente y al haber crecido, la vida le había vuelto a sonreír. Y ella le había devuelto la sonrisa sin resentimiento alguno. Era la chica feliz que nunca creí que iba a hallar (hablando en serio ¿hay nihilistas felices? ¿Misantrópicos felices? ¿Acaso no son sólo renegados a los que la vida todavía no les brilló?)
Una estudiante segura de sí misma, con autoestima, deseos, risas. Alguien que aprendió a disfrutar de las pequeñas cosas. De reír sana y sinceramente. Que comprendió y se dejó comprender. Que no quería huir de la realidad, sino que la adoraba. Aceptaba su vida. Quería todo lo que tenía y en parte tenía todo lo que quería. Se amaba a si misma y sólo quería que los demás estuvieran así de bien. 

Entonces ahí me hallaba, en el medio. Pensativa. Sentada en mitad de las dos Vangis que peleaban en mi interior. Las dos me agarraban con firmeza y ninguna parecía dispuesta a dejarme ir. El pasado y el presente.
Funcí el ceño ¿El pasado y el presente? ¿Cuál es la verdadera Vangi después de todo? ¿Y si sólo fui un personaje que se comió el papel todo este tiempo? ¿Realmente la gente cambia? ¿O sólo muestran lo que son en realidad? ¿Cambié o este éxtasis es pasajero? ¿Quién he sido? O peor ¿Quién soy? ¿Alguna vez volveré a tener esos pensamientos oscuros que, a pesar de todo, tanto goce me daban?
Porque sí, admitir es el primer paso para todo.
Admito que... adoro mucho de lo que solía ser. Amo esas gotas de oscuridad que sobresalían de mi frente, amo mi imaginación retorcida y mi mente delirante. Mi sarcasmo, mi ironía diaria. Mi capacidad de sentirme tan viva luego de teclear y liberarme mentalmente.

No obstante, no todo era bueno. Sino no estaría escribiendo esto. Tengo demasiado miedo a volver abajo. A recordar. A quemarme. A caer. El pasado es como un lago congelado: una capa fina de hielo lo cubre. Un paso en falso y a la mierda con todo. Es muy peligroso y hay que saber sobrellevarlo. Si hay algo de lo que estoy segura hoy mismo es que lo último que deseo es volver a hundirme. 
Sí, en algún momento voy a tener que pasar por eso. Es normal en la existencia del ser humano. Pero si puedo retrasarlo, lo voy a hacer. Así de sencillo. 

Y así como el pasado tiene sus cosas negativas, el presente también. Desde que soy feliz no he vuelto a escribir ninguno de mis relatos y no he podido seguir con mi compleja novela. Me siento enfrente de la computadora... y nada. Cero. 
No viene y no sale absolutamente nada. 
No más pensamientos oscuros. 
No más cosas que depurar. 
No más vacíos, no más sentimientos ocultos. No digo que mi vida sea perfecta (la felicidad, en mi opinión, consiste precisamente en amar lo que se tiene a pesar de todo) tengo mis inseguridades, mis dudas y mis incertidumbres. Pero no lo considero como algo que pueda darme más que unos minutos de bajón que son totalmente normales en las personas. A veces me siento del montón siendo así. Olvidando, sin pensar realmente en lo que es la vida. Comienzo a relacionar la felicidad con la ignorancia.

No por nada las personas más inteligentes que conozco son también las mas tristes. ¿Los sabios se entristecen más a menudo porque ven cómo es el mundo en realidad? ¿Los felices decidimos dejar todo eso de lado y centrarnos en lo que nos hace sonreír solamente? 
No lo sé. Pero no he vuelto a escribir tan prolija o extensamente desde que caí. Siento que mi calidad al plasmar mis sentimientos decayó notablemente.
Hasta los gigantes de donde me siento en sus hombros para ver mejor el mundo, mis mentores literarios como Poe, Kafka, Lovecraft, Stephen King, Agatha Christie, Mary Shelley escribieron sus obras maestras en los momentos más horribles de sus vidas. Con la depresión sentada en sus rodillas. 
La tristeza besándoles el cuello. 
El temor respirándoles en la cara.
La angustia robándoles el aliento. 
La miseria absorbiéndoles las ganas de existir. 
Porque es AHÍ donde uno tiene que ser más fuerte que nunca, es ahí donde uno tiene que expresarse sin temor a ser juzgado, es ahí donde hay algo oculto que merece ser puesto en otro lado que no sea nuestra mente. Cuándo uno no es feliz no anda contándole a la gente sus miserias. Se esconde y se procesa de la mejor manera posible. Cuando se es feliz ¿Qué se puede ocultar? ¿Qué te nutre?
Ojo, no digo que para todos los artistas sea así. Sólo digo que a mí por el momento no me sirve.

Pero entonces dejo de mirar a las dos Vangis y bajo la vista hacia mi pecho. Y sé en mi interior que mi lado oscuro no murió. Ni que la vida me hizo ser quien soy o quien creo ser. Y sé que lo que siento es completamente real. Siempre creía que uno es en base a lo que vive, pero no. La vida nos pone caminos mediante sus misterios, pero es uno mismo el que elige que camino tomar. 
Soy la misma loca. No cambié. Sólo miro las cosas desde otro lado. 
Puedo abrir la cabeza y bailar la cumbia mientras amo al rock. Puedo reírme de idioteces y leer sobre monstruos.  Puedo filosofar y replantearme de la vida mientras bailo en una joda, puedo comportarme como la adolescente inmadura e inestable que soy. Puedo aprovechar lo mejor de mi éxtasis para escribir igual o inclusive mejor que antes. Puedo sacar mi lado oscuro si lo busco lo suficientemente bien. Puedo hacer eso y mucho más. Puedo ser ambas al mismo tiempo. 
Las Vangis, aunque no lo crean, pueden coexistir y formar a la que está en el medio: La real. La que jamás dejó de ser. La que siempre estuvo

Así que ¿que veo? Veo un futuro muy lindo que tenía en mi camino pero sólo hoy puedo ver. Y decido crearlo y formarlo a mi manera. Veo una escritora con mucho que pulir, una estudiante con mucho que aprender, una persona con demasiado que madurar. 
Pero sobre todo, veo un sueño. Uno muy grande que muere por hacerse realidad.

Porque, después de todo, como dijo una vez mi querido Poe "Todo lo que vimos o hemos visto no es más que un sueño adentro de otro sueño" 
Pero sólo de nosotros depende hacerlo realidad.





Evangelina Barle




martes, 11 de junio de 2013

Keep calm and read Corpore Insepulto.


3 meses en Rosario ya. 3 meses de separación entre mi hogar, mi lugar. El ambiente que me vio nacer, crecer. Las personas que me moldearon, las experiencias que me hicieron ser quien creo ser hoy en día. 
Admito que estoy extrañando, y mucho. Sobre todo a mi familia, a la cual siempre estuve muy unida. Porque a pesar de hablar y teclarse todos los días, no es lo mismo la conexión virtual que compartir un fin de semana, una cena, una conversación cara a cara. ¡Los extraño mucho a mis amigos también! Y ni hablar de mi perro, que más que un perro es un hijo para mí.
Pero bueno, en un mes estoy allá. Afortunadamente, como tuve una buena nota en el parcial anterior tengo aproximadamente cuatro semanas de vacaciones ¡sencillamente genial!

Volviendo al tema literario, que es el tópico de este blog, hoy quiero contarles sobre mi proyecto. Mi ambición. Mi más grande sueño.
Doy por sabido que mi vocación en realidad es la escritura, la literatura, el arte plasmado en palabras escritas. No la medicina. Aunque me guste mucho, es un segundo plano. Un plan B.
Quiero publicar algo. Preferiblemente mi novela, de género fantástico, en la que estoy trabajando desde una idea un poco descabellada que nació cuando tenía apenas 10 años. No voy a dar información ni ideas al respecto ¡Está bajo absoluto secreto hasta que se publique! 
Quiero que mi nombre aparezca en el lomo de un libro. En una dedicatoria. En una página. Sin importar el éxito, sin apreciar el dinero, sin desear la fama. Aunque termine en una librería de mala muerte a una oferta de dos por 10 pesos, quiero ser la autora de mis propias ideas, mis propios mundos, mis queridos personajes.
Claro que, una novela es ardua. Larga. Pesada. Requiere tiempo, voluntad, esfuerzo y suerte. Así que para no perder horas decidí comenzar otro proyecto: un libro de relatos de temática fantástica, otros realistas, distópicos, ucrónicos, de terror y policiales. Historias cortas que son un reto en sí, pues mientras menos páginas hay más hay que empeñarse en hacer sentir algo al lector.
He publicado un par aquí. No se llaman de igual manera porque los nombres de mis cuentos y el nombre de el libro en sí son en latín, una lengua que sin saber bien por qué me emociona, me apasiona y me hace sentir rara.
Y el libro planea llamarse, habrán adivinado, Corpore Insepulto.

He aquí una introducción que hice hace un par de años. Aquí explico por qué decidí llamarlo así (por ende, es lo mismo para este blog)

El por qué del nombre
 ¿Por qué este libro se llama Corpore Insepulto, y no de cualquier otra manera?

No fue al azar, no fue porque si.

Bueno, en realidad, la mayoría de las cosas tienen una razón para ser. Otras al parecer no, y gastamos hasta una vida entera para hallarla.

Otras suceden y listo.



Mi titulo, sin embargo, tiene un porque. Dude mucho, investigue por todos los medios, tuve borradores, ensayos, manuscritos y mas, hasta encontrar uno perfecto, que se adapte cual llave en una cerradura con lo que escribo.

Y es este.



En nuestra mente hay una cantidad infinita de recuerdos, temores, verdades, mentiras, imágenes y hasta sabores. Algunos los rescatamos de vez en cuando para vivirlos de vuelta, otros los queremos olvidar más que cualquier otra cosa en el mundo, aunque jamás lo logramos.



Sobre estos quiero hablar yo.



Los temas tabúes, como el canibalismo, el aborto, los mas terribles desordenes mentales.

Los menos hablados hoy en día, como el amor verdadero, las cosas que nos esclavizan, el destino (o la existencia de este) el alter- ego, el pensamiento lateral, los sueños y las ambiciones. Los miedos infantiles. Las vidas pasadas. Los más grandes misterios hallados en la vida humana. Nuestros errores. Nuestros demonios.

Y ellos nos obligan a tomar decisiones sin meditar, a cargar nuestra conciencia, a veces nos arrancan las ganas de vivir. No siempre son malos. Solo la mayoría del tiempo. Dependemos de ellos. Somos lo que somos gracias a ellos. 
A veces los sentimos y los vemos delante de nuestras narices, los odiamos y los apartamos, e ¡ingenuos de nosotros, que creemos que nos deshacemos de ellos! Nunca se van.

Porque eso son: cuerpos que uno cree que están enterrados, allí, en nuestra conciencia. Muertos, inertes, carentes de todo poder.
No se ahogan, flotan.
Siguen ahí, esperando su momento siguiente, planeando su próxima jugada, sobreviviendo para vernos sufrir.
Son como la realidad que no queremos ver, son fantasmas que conviven con nosotros. Solo los miramos de a ratos, son destellos que solo son distinguidos con minuciosidad y detallismo.
Parpadeamos.
Ahora los vemos, ahora no los vemos.

Los dejamos de lado con el paso del tiempo, los ignoramos, fingimos no verlos ni deseamos pensar en ellos.


Pero están sin sepultar.

Siempre estarán allí.



Y cuando nos damos cuenta, cuando vuelven a la vida para hacernos sufrir, es cuando empieza lo verdadero.




Nada más que decir. Aguárdame lector, que antes de morir haré lo que sea para publicarlo. 
Lo prometo 

Evangelina Barle